Jubileo en Santiago de Compostela


La tradición jacobea refiere que, después de haber sido el Apóstol Santiago decapitado en Jerusalén (año 44), fue traído su cuerpo por dos de sus discípulos, Atanasio y Teodoro, hasta el puerto de Padrón (Iria Flavia).

Desde allí, por tierra, lo trajeron al montículo del Libredón -Compostela- en cuyo lugar recibió definitiva sepultura.
Pasado el tiempo, y debido a diversas vicisitudes bélicas, el sepulcro quedó en el olvido.

El año 814, en el reinado de Alfonso II el Casto, aparecieron milagrosamente, en el lugar donde hoy se encuentran.
Desde entonces, ya empezaron los peregrinos a acudir y a venerar la tumba de Santiago.

Este movimiento de peregrinos tuvo lugar más especialmente desde que el Papa León III comunicó el descubrimiento de las reliquias a los Obispos de todo el mundo.

La importancia de la peregrinación se afirma a partir del año 844; pero la popularidad del Sepulcro se afianza en los siglos XII y sucesivos.
La ciudad de Santiago se convertía así, muy pronto, en lugar de Peregrinaciones de todas partes.

Esta corriente de piedad jacobea, movió al Papa Calixto II, peregrino y gran amante de Santiago, a declarar, en 1119, la peregrinación a Santiago de la categoría de las «mayores», con iguales gracias espirituales que las concedidas a Jerusalén y Roma; concediéndole la gracia del «Jubileo Plenísimo del Año Santo».

Esta concesión fue refrendada, posteriormente, por los Papas Eugenio III y Anastasio IV.

El Papa Alejandro III, en su Bula «Regis Aeterni», del 25 de junio de 1179, declaró perpetuo este privilegio.

El Papa Pablo VI, en marzo de 1975, concede, de nuevo y para siempre, «el Jubileo Plenísimo» a cuantos, con las debidas condiciones, visiten durante el Año Santo, la Catedral de Santiago.

El Jubileo Compostelano o Año Santo, se celebra todos los años en los cuales la fiesta del Apóstol Santiago, 25 de julio, ocurre en domingo. El Año Santo se inaugura el 31 de diciembre, con la Apertura de la Puerta Santa, que data del año 1521.