Jubileo en la Iglesia


La Iglesia, apenas establecida, empezó a aplicar, en provecho espiritual de los fieles, aquel espíritu del jubileo que se señala en la Biblia.

Era un tiempo u ocasión en el que la Iglesia concedía gracias especiales. Se hacía cuando los fieles lo pedían, sobre todo, si lo acompañaban con el «billete de la indulgencia» firmado con la sangre de algún mártir; o con ocasión de la visita a algún sepulcro apostólico, o la peregrinación a Tierra Santa.

Estas concesiones o gracias de la Iglesia, tomaron con el tiempo, un carácter de solemnidad y periodicidad. Poco a poco, se extendió la costumbre de peregrinar a Roma al comienzo de cada siglo.

El año 1300, el Papa Bonifacio VIII, viendo, en esta costumbre, un indicio de la voluntad del cielo, instituyó, mediante la bula «Antiquorum», el año santo. Debía celebrarse cada cien años; y duraba de una solemnidad de Navidad a otra; y se aplicaba a todos los que visitaran las iglesias de S. Pedro y S. Pablo, en Roma.

Más tarde, en el año 1350, el Papa Clemente VI, por la bula «Unigénitus Dei Filius», amplió esta gracia, cada cincuenta años, y empezó a llamarse jubileo.

Finalmente, Paulo II mandó que se celebrase cada 25 años, como se hace actualmente.

Además de este jubileo mayor y universal, hay otros jubileos extraordinarios y particulares, que se conceden en circunstancias especiales, y a alguna ciudad y lugar determinado.